Ana LA. en Canadá – Capítulo 2 – Comienzo a gran escala

“COMIENZO A GRAN ESCALA”

¡Madre mía, mi lindísimo lector, estás aquí de nuevo! Gracias por mostrar interés. Y en caso de que sea la primera vez que me lees, encantada, soy Ana L.A. Estoy a punto de relacionar mi salida de España con la relatividad, porque sí, soy ese tipo de persona que ve ciencia en todas partes. Y en la madrugada del domingo 1 de septiembre de 2019, vi ciencia en el aeropuerto de Barajas. Puede que así escrito, se lea un poco raro, aunque así es. Porque ese instante en el que dije “adiós”, me sirvió como un “…fueron felices y comieron perdices. CONTINUARÁ” y un “Érase una vez…” simultáneamente. Todo depende de cómo se mire. Un mismo momento en el tiempo parece que separe a dos cuentos. Cuando ni siquiera se trataba de dos historias distintas.

El recuerdo depende del día y de cómo me esté sintiendo. A veces veo un momento triste al dejar tanto atrás. Y otras, veo un momento feliz en el que me tiré de lleno a la aventura. Sin embargo, el momento fue el que fue. Mi padre, mi madre y mi hermano de pie, y con todo el sueño del mundo encima. Yo no les he preguntado a ninguno de ellos cómo lo vivió. Pero sí sé cómo lo viví yo. La familia es complicada, requiere tiempo y, sobre todo, es puro trabajo en equipo. Y después de esas verdades, te escribo otra mayor: la familia es lo más real y preciado que tengo. Como siempre, me hice la fuerte. El método más cobarde de las técnicas de autodefensa que existe, a mi parecer. Yo no sé si tú harás puzles, querido/a lector/a, o si algún día los hiciste, pero no sabes lo que molesta ver que falta una pieza para completarlo. Yo me sentí así, a la deriva. Y aquí es donde entra en juego la relatividad de nuevo.

Yo viajé con un gran grupo. Dicho grupo, estaba conformado por adolescentes de todas partes de España. Y tuve una suerte loca de conocer a los que conocí. Tranquilidad en la sala, que te aseguro que depende (tercera persona del singular del presente simple de indicativo, del verbo “depender”. También conocido como el verbo estrella del capítulo de hoy.) de ti conocer a gente simpática, o no. Mi truco fue ofrecerles galletas para entablar conversación. Sólo te presto el truco si lo vas a poner en práctica, si no, devuélvemelo anda. El caso… Aquí lo impresionante es cómo reaccionamos cada uno de nosotros, de maneras totalmente diferentes. Hubo quien se había despedido el día antes. Hubo quien lloró y lloró en medio de un cariñoso abrazo familiar. Hubo quien estaba tan entusiasmado que pudo incluso dejar a su familia rota por dentro, al no ver ni una pizca de pena en su mirada. Y también estábamos los que, cual hipócritas, nos alejamos sonriendo, para dar nuestra mejor versión al grupo de casi desconocidos con los que íbamos a pasar las próximas quince horas. Acabo de usar “estábamos” por intentar consolarme a mí misma, queriendo pensar que no fui la única que fingía tener ganas de marchar. Honestamente, no tenía nada de ganas de llegar a Canadá. Lo dejo claro, porque siempre que leo la experiencia de otra persona, da la sensación que todo es maravilloso, y que llevaban meses desviviéndose por irse. ¿Por qué estaré yo tan a menudo en las minorías? Bueno lector, por si acaso te pase lo mismo en tu despedida, ya sabes que no estás solo. El dolor y la pena son relativos. Y lo que pretendía desde el principio con todo esto, era que no te sintieras mal cuando te compares con los demás que también se van. Tu familia y tú son los únicos que pueden juzgar su despedida. Al igual que yo estoy satisfecha con la mía, ya que no me olvidé de decirles que les quiero; tú debes hacer de tu despedida el recuerdo que más te llene rememorar. No pienses en cómo pueden estar viéndoles los demás desde fuera. Disfruta de ese momento, coge aire y echa a caminar.

Por fin, y recalco el «por fin», va a cobrar sentido el título. En cuestión de minutos, tras pasar el primer control de muchos, ya una compañera había perdido una pulsera de valor sentimental para ella. Otra chica se compró un bocadillo de tortilla más grande que mi mano. Y por si fuera poco, una niña descubrió que era una de las únicas dos personas de todo el grupo que no venían al estado de Nueva Escocia. ¡Se puso más nerviosa, mi niña! Lo que quiero decirte, es que no todo sale a la perfección, y aún así llegamos sanos y salvos. Yo al menos no te lo voy a pintar todo bonito. Ocho horas de vuelo a Toronto, comiendo pollo al pesto precocinado y con una chica dándome golpes en el respaldo del asiento, resumiría muy bien mi primer vuelo. Y no me malinterpretes, todas esas circunstancias, lo hicieron especial para mí. Además, sólo estaba en el calentamiento para lo que se me venía encima. Bajamos, subimos y volvimos a bajar escaleras para encontrar aduanas. Desde las 12:10 hasta las 14:15 pude reír y conocer a la gente, en semejante cola. Cuando pensé que la espera había acabado, una preciosa hora y media más me dio la cálida bienvenida al aeropuerto. ¿Te acuerdas de la niña que no iba a Nueva Escocia? Perdió su vuelo por el control de visados, y nosotros casi. Por favor, imagíname corriendo con mis tres bultos y mil papeles en mano, mientras se me caían los pantalones, con la gente de por medio. Yo acabo de sonreír al imaginarme. Después de que me rompieran la maleta por un queso majorero y unas sales de sabores, llegué a la zona de recogida de equipaje. Y de ahí en adelante ya no toca contártelo hoy. En resumen, todo salió de la mejor manera que podría haber pensado. No es sarcasmo, de verdad. Sólo del viaje tengo unas cuantas anécdotas. Míralo por el lado positivo, no he dado casi detalles. Muchas gracias si has llegado hasta aquí, estás como una cabra. No te preocupes si tu comienzo no parece el mejor de la historia. De ahí hacia arriba. Como dice mi abuela, en esta vida todo tiene solución. Te dejo un vídeo para acompañar… ¡nos vemos!

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