Ana LA. en Canadá – Capítulo 11 – Voleibol en Canadá

VOLEIBOL EN CANADÁ

Chaaas, ¿qué pasó? Soy Ana L.A. Una humana perdida por Canadá, que está viviendo un capítulo de su vida totalmente fuera de lo planeado. Te estoy escribiendo hoy: 01/12/2019. (No sé que pasó que dejé de escribir, y lo acabo de retomar el 16/12/2019, he estado ocupadilla.) El inicio de la cuenta atrás de este año, la cuenta atrás de esta década y el día de mi aniversario aquí. ¡Que cumplo 3 meses! Sin duda, un día especial donde los haya. Pero, ¿cuál no lo es?

Me había estado reservando una parte importante de mi vida en Canadá para este capítulo: el voleibol. Déjame explicarte por qué. (Puede que te estuviera picando la curiosidad, o puede que para nada, que te dé igual jajajajaja. No importa, yo te lo explico aún así.) Como amante de los números que soy, además de que cuando las cosas coinciden, la sensación final de satisfacción es mayor, me había esperado hasta el capítulo número 11. Simplemente porque aquí soy el número 11 en el equipo, y no podía parecerme más personal que hoy.

El jueves iba en el coche con una amiga y toda su familia anfitriona (se me hace raro no, lo siguiente, poner “familia anfitriona” en vez de “host family”. Pero bueno, sigamos), cuando se dijo la siguiente frase: “A lo largo de los años, me he dado cuenta de que los estudiantes internacionales, o bien se quieren ir a sus casas, o no quieren marcharse por nada del mundo. No hay término medio.” Menuda verdad más grande que un templo. Y ahora tú pensarás, como lector lindísimo que lleva la contraria: “pues seguro que hay mucha gente cuyo paso les trae sin cuidado”. Incorrecto, mi niñ@ lind@. Esto es un todo o nada. Y en gran parte, muchas de las personas a las que les he cogido mucho cariño las he conocido en mi equipo.

Los entrenamientos, el sistema de juego, el tipo de redes, los partidos, la pelota… todo, absolutamente todo, diferente. Me llevó tiempo adaptarme, porque al principio me parecía horrible. Pero fue cuestión de tiempo, que al final me formé un huequito en el equipo, y ellas un huecazo en mi corazoncito. Todas las bromas y los campeonatos. Las anécdotas. Uno de los momentos más vergonzosos que he vivido en Canadá. Las canciones y bailes que me han enseñado de tendencias canadienses. Los trayectos en coche enterándome de las vidas de la gente. Por un equipo que me ha apoyado en la cancha en todo momento, no puedo estar más agradecida. Esperaba ansiosa que llegaran los martes  y los jueves para poder entrenar. Las he abrazado y hemos celebrado a gritos la victoria de los regionales. Yo no puedo tener mejores recuerdos.

En mi primer o segundo fin de semana de partidos, fueron mis compañeras las que me propusieron para ganar un premio de “1 batido gratis”, por haber sido la que más había estado animando ese fin de semana. En cada descanso, siempre se preocupaban por que yo tuviera algo que comer. La familia de Abbie me invitó a una pizza para cenar. En uno de los entrenos me dejaron conectar mi móvil al altavoz para que escucháramos canciones en español, y así sentirme más en casa. Y otros muchos detalles, por eso es que todas las palabras que tengo son de agradecimiento. Gracias a mi queridísima entrenadora Kelly. Ella: tan pelirroja, tan empática, tan cariñosa, tan comprensiva, tan buena. Gracias a Regyn y a Shea. Después estarían Allison, Sara y Sarah. Gracias a Kailey y a Abbie. Gracias a Payton, Molly, Katie, Natalie y Brea. A cada una le podría escribir su propio capítulo, aunque sí que es cierto que a unas más que a otras, es que les tengo mucho cariño.

El día del último entrenamiento, teníamos una merienda todo el equipo para despedirnos. Y además de que trajeron quintales y quintales de cosas, las muy lindas me habían preparado una sorpresa. Ahora tengo una pelota de voleibol firmada por todas ellas, hasta por la segunda entrenadora, un llavero con figuritas de voleibol que tenemos las trece jugadoras en común, y sobre todo, un álbum de fotos precioso. En la primera página habían unas palabras para mí. Y lector mío, ¿cómo te describo ese momento de leerlas? Cuando acabé varias de las niñas estaban llorando. Y tras una ronda de muchos abracitos y besos, la mayor de todas nosotras, con lágrimas en los ojos, el número 12 en la espalda y como capitana, Abbie, dijo las siguientes palabras: “si te voy a ser totalmente sincera, el primer día que te vi en las pruebas de selección, deseé que fueras mala, porque siendo mi último año yo quería jugar. Lo peor fue cuando te vimos y pensé Joder, ahora me va a tocar mucho banquillo”. No tienes ni idea de lo mucho que significaron esas palabras para mí. Porque ella es la jugadora a la que todas mirábamos. Suficientes trofeos y medallas lleva a su espalda como para que no me dejaran loca sus palabras. Y entre risas y anécdotas, se me acabó el voleibol en Canadá, porque lo que no sabía era que me lesionaría para mis últimos partidos. Un esguince me hice. Y lo peor, además del dolor (claro está), fue el hecho de hacérmelo justo en el calentamiento del partido al que habían venido amigos a verme.

De todas formas, no todo es malo. Hubo una cosa positiva, y otra graciosa, como casi toda situación en la vida. Lo bueno fue que una de las niñas que mejor me cae del equipo pudo jugar en mi lugar. Como eran juegos reñidos, no había jugado apenas, y al fin y al cabo, yo me voy a ir de SAERC este año. Pero ella pertenece a este lugar. Su colegio, sus amistades de toda la vida entre el público y su esfuerzo. Por otra parte, la parte graciosa es que sólo en Canadá puedes salir a la calle con una bolsa de plástico para coger nieve, en vez de tener que ir a por hielo, como hubiera hecho cualquier otro  día de mi vida, como canaria que soy.

Pues nada, que sigo con el tobillo hecho pizco. Y que pretendo no estar tan desaparecida. Intentaré estar más activa, sobre todo por esas tres o cuatro personitas (sí, tú) que nunca me fallan. Muchas gracias una vez más. Como para mí es de noche: descansa. Pero aplícate la frase que prefieras guapetón/ona. Te quejarás, este capítulo está bastante resumidito.

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